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niño se levanta en la mañana, se mira al espejo
y ve algo extraño en su rostro. Lo que antes eran pequeñas
manchas rojas, ahora se han trasformado en costras de color amarillento.
Se trata de la enfermedad impétigo contagioso, patología
altamente transmisible, que afecta principalmente a menores de
cinco años.
El dermatólogo
pediátrico de Clínica Alemana de Santiago Winston
Martínez explica que esta enfermedad “es una variedad
de la piodermia, es decir, de una infección de la piel
que se produce por la proliferación de gérmenes
productores de pus, principalmente por estreptococo y estafilococo”.
Esta afección
hace que surjan manchas o máculas rojas que posteriormente
generan pequeñas ampollas o vesículas, que crecen
y forman costras de color amarillento, para luego pasar a un tono
rojo grisáceo, principalmente en el rostro, en la zona
peri nasal, bucal y auricular.
El impétigo
surge principalmente en preescolares, sobre todo en aquellos que
presentan una inmunidad de tipo celular alterada o que son atópicos,
vale decir, que sufren de asma bronquial o de romadizo alérgico.
No
obstante lo anterior, el especialista destaca que el factor gatillante
de este mal es la convivencia en espacios estrechos. En otras
palabras, si un niño presenta una pequeña herida
en la piel, ésta puede servir de entrada para los gérmenes,
lo que en un ambiente relativamente aislado no es tan grave, pero
cuando hay muchos menores jugando y viviendo unos cerca de otros,
y uno es portador, entonces es más fácil que los
pequeños se contagien entre sí.
La enfermedad
puede surgir en menor medida en lactantes. En ellos se manifiesta
con ampollas más grandes o que abarcan una mayor superficie,
y se denomina impétigo estafilococo, buloso o del recién
nacido. “Éste surge alrededor de la nariz, los ojos
o el ombligo. Muchas veces lo contagia la persona que cuida al
niño que es portadora de estafilococo. Por esto ellas deben
tener un aseo prolijo para la manipulación de estos pequeños”,
aclara.
¿Cuáles
son los tratamientos?
El dermatólogo
explica que lo primero es realizar un diagnóstico diferencial
que descarte otras enfermedades dentro de las patologías
ampollares, como las autoinmunes, las infecciones virales como
el herpes simple, el hongo o la tiña, entre otras.
Además,
se debe evaluar si el menor presenta alguna enfermedad que predisponga
el impétigo, como la sarna o los piojos a nivel del curo
cabelludo, que dado el prurito que causa, puede generar molestas
picazones y lesiones que sean la puerta de entrada para estos
gérmenes.
Ahora bien,
para realizar el tratamiento lo primero es evaluar a cada paciente
en particular, analizar cuál es su inmunidad y también
cuál es la posibilidad de las madres o de las tías
en el jardín infantil de ayudar en el proceso curativo.
El
especialista explica que cuando hay pocas lesiones se puede realizar
un procedimiento local con cremas de alta especificidad, las que
contienen productos activos como la mupirocina y el ácido
fusidico. Previamente se debe retirar la costra para que penetre
mejor el producto y se humecte la zona. Estas lociones se deben
aplicar dos o tres veces al día por una semana. Si el impétigo
es más complicado, hay que tratarlo con antibioterapia
oral.
Además,
si el niño presenta mucho prurito es recomendable tratar
de disminuirlo, para que no se autocontagie en regiones distantes
del cuerpo.
“En
la actualidad en raras ocasiones puede haber complicaciones renales
o cardiovasculares, lo que ocurría con mayor frecuencia
en años pretéritos”, concluye el doctor Winston
Martínez.