Hace 33 años, cuando se realizó el primer trasplante en Chile, nadie se cuestionaba aún si estaba dispuesto a donar sus órganos cuando muriera para permitir que otra persona siguiera viviendo.
Hoy, a pesar de la difusión del tema por parte de las autoridades y de los medios de comunicación para formar conciencia en la ciudadanía, aún no se han alcanzado las cifras deseables de donación e incluso en los últimos años se había observado una caída de aproximadamente el 10 % anual en este número que, lógicamente, se acompañó de un descenso importante en el número de trasplantes realizados.
Afortunadamente, las últimas cifras registradas el 2003 por la Corporación Chilena de Trasplante mostraron un cambio en esta tendencia, al detectarse un aumento cercano al 15%, ya que hubo 136 donaciones de personas fallecidas, 19 más que el 2002. Sin embargo, esta cifra aún está muy por debajo del número ideal, que en Chile debiera ser entre 250 y 300 donantes efectivos por año.
Dada la escasez de donantes cadáveres, en otros países ha sido necesario recurrir cada vez más a donantes vivos, con los riesgos que esto significa para alguien sano. Esto se hace en casos de órganos pares, como el riñón, o porciones de éstos, por ejemplo el hígado. Sin embargo, la situación más frecuente es que los órganos provengan de cadáveres que cumplan con los requisitos básicos para ser donantes efectivos.